domingo, 17 de enero de 2010

CAPÍTULO 3: Hombres a un lado, mujeres al otro.

Muchos de mis amigos habían recurrido a sus vicios de juventud, otros confesaban orgullosos de no caer en costumbres solitarias, otros cuantos confesaban no haber superado la masturbación pues la proliferación de pornografía y sexo virtual les mantenía exaltado los sentidos, otros buscaron salidas non santas y poco varoniles (cada cual que haga de su culo un balero como decía mi abuela), y yo, yo no importaba que hacía o que hacía con mi compañero inseparable de camino, de viaje, de juergas, y de fidelidades desde que me case.

Pronto el mito urbano comenzó a hacerse público, los noticieros dedicaban grandes secciones a este problema, mi esposa me mantenía enterado de los últimos estudios e informes, proliferaban los programas de opinión, los programas de internet, las paginas anunciando el fin de la raza humana, o anunciando la salvación y salida del problema, las películas, las novelas, los musulmanes y orientales lograron gran cantidad de adeptos pues veía en esto una señal del cielo que castigaba a la sociedad moderna por sus atropellos al sexo, - aunque se sospechaba que sus mujeres también sufrían de lo mismo, se corrió el rumor que moriría quien confesara sufrir del “problema occidental” como ellos le denominaban -.

Definitivamente fueron muchos meses los que impactaron nuestra sociedad. Los hombres y las mujeres se comenzaron a distanciar, los bares se dividieron en bares exclusivos de hombres y de mujeres, pues las agresiones masculinas no tardaron en dejarse ver, y las defensas femeninas tampoco. Compartir lugares en pareja ya no era común, la pornografía encontró sus tiempo de mayor proliferación, y las tensiones masculinas se convirtieron en un asunto meramente físico que era necesario resolver para no entrar en conflicto con el sexo opuesto.

Muchos matrimonios se destruyeron, muy pocos siguieron juntos. Unos hombres se dedicaron a la vida célibe y se retiraron a conventos budistas, conventos catolicos, Hare Krishna; otros como ya lo mencione decidieron probar el mundo gay; y las mujeres, ellas, ellas de nuevo, como siempre, desde la historia conocida del hombre ni ellas se entendían, simplemente había desaparecido el deseo, el interés, y hasta la sensación, estaban radicalmente neutralizadas en su funciones sexuales y reproductivas, el placer había desaparecido. Y sin sensación de placer, sin deseo el mundo occidental estaría condenado a la desaparición.

Es como si el placer de comer, de dormir, de usar nuestros esfínteres despareciera, el caos sería inimaginable – tan inimaginable como este -, nos inyectarían la comida, estaríamos locos de no dormir y en el caso de los esfínteres no comeríamos para no tener que usarlos a la fuerza.

En fin, mi matrimonio siguió igual, Cyntia y yo encontramos un nuevo tipo de amor, más enfocado en la cordialidad, mas compañerismo y sin la “presión” del sexo, y bueno, éramos como un par de amigos compartiendo la casa, compartiendo la cama, y cuidando unos niños, y bueno la verdad pensé en la infidelidad, ¿pero con quien? ¿Con otro hombre? Nunca!!! Seguiríamos así juntos hasta el fin de nuestras vidas, y presenciaríamos el fin de la reproducción sexual en la raza humana y el comienzo de las técnicas de clonación.